jueves, 31 de enero de 2013

Origen de las Procesiones de la Semana Santa Linense A. Cruz


Capítulo 19



ORIGEN DE LAS PROCESIONES DE SEMANA SANTA

    No dispongo de datos –no los he hallado- que me indiquen que antes del año 1893 se celebrase en nuestra Villa la Semana Santa tal como se organizan actualmente, con desfiles de bandas de música, Hermandades y estandartes, Clero, los correspondientes pasos, Autoridades, fuerzas de la guarnición militar, de Orden Público y Guardia Civil. Mis datos me indican que ni siquiera se celebraba fuera de la Iglesia Parroquial sino en su interior, que todos los actos religiosos tenían un forzoso acento recoleto.

    Al tomar posesión de la alcaldía don Francisco Vázquez Rodríguez, una de sus primeras gestiones, aparte de organizar el censo municipal con miras a las próximas elecciones y solucionar algunos de los urgentes problemas del Ayuntamiento, fue convocar a todas las personalidades de la Villa sin distinción  de clases ni credos políticos, asimismo a los comerciantes, industriales y vecinos que estuviesen dispuestos a colaborar con la Corporación Municipal en beneficio de la población tanto en el orden moral, como en el espiritual y material, dado a que el Ayuntamiento por sí solo bien poca cosa podía hacer,. Se trataba de realizar algo en que todos participaran, una misión netamente popular y absolutamente necesaria.

    Muchas conjeturas se barajaron y muy pocos fueron capaces de adivinar cuáles podrían ser los asuntos interesantes que el señor Alcalde se traía entre manos. Como se de suponer, el asunto despertó gran expectación. Se prodigó la convocatoria en forma de atento B.L.M. y en notas publicadas en la prensa local. El vecindario esperaba con cierta ansiedad el día y la hora de la reunión para conocer los temas en cartera y, si fuese preciso, no regatear su aportación.

    Y como todo llega en este mundo, llegó también el momento en que la curiosidad de unos y el interés de otros se vieron satisfechos. El domingo día 5 de febrero, el salón de sesiones de la Casa Capitular se vio de bote en bote, atestado de vecinos.

    Abrió la sesión el señor Alcalde con un  breve discurso e invitó al Secretario, señor Bonelo, a que informase ampliamente de los motivos de la reunión y de las materias a deliberar que constaban en el Orden del Día.

    EL señor Bonelo, que por esta vez dejó a un lado la oratoria florida de que hacia gala, expuso llana y claramente los principales puntos del Orden del Día que , por ser de incumbencia general y de tal importancia que sobrepasa las posibilidades del Ayuntamiento, éste recaba la ayuda, la colaboración del vecindario. Tales puntos fueron: necesidad urgente de continuar las obras de la carretera comenzada en la calle del Cuartel hasta su terminación en el Cachón de Jimena; buscar un terreno apropiado para instalar definitivamente y con más lucimiento la Velada, a la que este año se piensa dar un gran impulso, toda vez que así interesa a la Villa y porque el nuevo tramo del ferrocarril Algeciras-Bobadilla, recientemente inaugurado, contribuirá indudablemente a aumentar la concurrencia de forasteros; organizar las procesiones de Semana Santa, con lo que sin objeción de ninguna clase, fomentará el espíritu religioso del pueblo.

    La reunión duró cerca de dos horas. No hubo debates, sino aportación de numerosas proporciones, más o menos visibles, conducentes a los fines programados. Todo el mundo tuvo la oportunidad de exponer sus opiniones y de planear los medios de conseguir su inmediata realización.

    Una vez sopesadas todas las iniciativas y proyectos, hizo uso de la palabra el señor Arcipreste de la Villa que, con gran competencia, canalizó las opiniones de todos condensándola en una sola que puso a la consideración de los asistentes para que de ninguna forma se rompiese la unánime aportación del vecindario, ya que la tarea era de todos y para todos sin excepciones. El primer paso –propuso- sería abrir una suscripción voluntaria para que cada cual, según sus posibilidades, contribuyese a la materialización del proyecto y de su mayor lucimiento religioso. Esto en lo tocante a las procesiones de Semana Santa, ya que los otros puntos del Orden del Día reclamaban otros estudios y aportaciones de carácter técnicos.

    Seguidamente y por aclamación se nombró una comisión encargada de llevar a buen término lo acordado, que recayó en los siguientes señores:





Con  el alma saturada de esperanza, los concurrentes abandonaron la Casa Consistorial. Fue aquella una de las pocas reuniones en la que reinó el buen juicio, sin discrepancias de fondo, sino de detalles, donde se halló como amigos y como linenses, sin más norte y guía que el beneficio para la recién nacida Villa.

    Varios días más tarde, la comisión se reunió, esta vez en la casa del Sr. Arcipreste, para plantear los trabajos preliminares. Para mayor eficacia se nombró una nueva comisión que se encargaría de iniciar la suscripción popular. Integraron dicha comisión los señores Arcipreste, Ricardo Ruiz, Manuel Sánchez Chicardo, Juan Bautista Fariñas, Santiago Sánchez Coda, Enrique Gavira y Enrique Gómez de la Mata.

    Por su parte el Arcipreste no perdió el tiempo, parece que su lema era: “cogido en flagrante, matado en caliente” y no estaba dispuesto a dejar escapar la oportunidad ni andarse por las ramas. Reclamó por correo el catalogo de imágenes sagradas, elegirlas según su exquisito gusto y ya el 20 de febrero pudo disponer de los modelos de las imágenes seleccionadas, incluso de la Sagrada Urna que resultó una notable obra artística, elegante y magnifica que llamaría poderosamente la atención.

    La suscripción desde el principio marcho viento en popa. Las cantidades crecían y todo el mundo aportó su óbolo con cariño y voluntad.

    El 18 de marzo, procedentes de Valencia, se recibieron las sagradas imágenes de Jesús, de la Virgen y de San Juan Bautista, que, a juzgar de los entendidos resultaron verdaderas joyas artísticas que ponían muy alto la competencia y el estilo de los artistas valencianos. También se recibieron las andas y los faroles correspondientes.

    Pero no todo iba resultar  tan perfecto y tan a punto, algo habría de fallar. Un simple trámite burocrático hizo que encallara en los polvorientos almacenes de la Estación de San Roque la Sagrada Urna.

   Y, ni corto ni perezoso, el buen Arcipreste se remangó la sotana y le faltó tiempo para plantarse ante las narices del encargado de despachar la expedición, el cual tuvo, aunque a regañadientes que dar salida a la Urna.

    Y días más tarde, muy pocos porque la Semana Santa se echaba encima apareció en la prensa local el siguiente comunicado:
  
  “SEMANA SANTA EN LA LINEA”

    Con el auxilio de este vecindario y de otras personas piadosas, el eficacísimo apoyo y acertada dirección de nuestro dignísimo Arcipreste y con el concurso decidido del Ayuntamiento  de esta Villa, tendrán lugar durante la Semana Santa Solemnes Cultos en la Iglesia Parroquial el Domingo de Ramos, el Jueves y el Viernes Santos.

    A las seis de la tarde del Viernes Santos saldrá procesionalmente el Santo Entierro de Cristo, para el cual se han hecho cuantiosos gastos y adquirido todas las imágenes, de gran mérito artístico, así como las respectivas andas, que son de gran lujo. Llamará poderosamente la atención, por su riqueza y buen gusto, el magnífico Sepulcro.

    La procesión recorrerá las principales calles de esta población y a ella concurrirán Hermandades religiosas, clero de esta población y el que para este efecto ha sido invitado de la inmediata Plaza de Gibraltar, presidiendo la Corporación Municipal, en unión de los Oficiales del ejercito francos de servicios, funcionarios públicos y demás personas invitadas para la santa y fúnebre ceremonia.

    Dos bandas de música formarán parte del fúnebre cortejo.

    Con objeto de facilitar la concurrencia de los vecinos de Gibraltar y San Roque, se ha solicitado queden abiertas hasta las doce de la noche del Viernes Santo las puertas de dicha Plaza iglesia; y en cuanto a los de la segunda población expresada, la empresa de carruajes “La Veloz” ha organizado un servicio especial extraordinario de coches que saldrán el Viernes  Santos de San Roque de 3 a 5 de la tarde, verificando el regreso de 11 a 12 de la noche.

    El 27 de marzo se dio a conocer el itinerario que habría de seguir el Santo entierro y que fue el siguiente:

    Salida a las seis en punto de la tarde de la Iglesia Parroquial. Plaza de la Iglesia, Real, Rosa (derecha), San Pedro, Explanada de Alfonso XIII, Real, San Pablo, Aurora (derecha), Teatro (izquierda), San Luis (derecha), Clavel (derecha), Jardines (derecha), Teatro (izquierda), Sol (derecha), San Pablo (izquierda), Real (derecha), Plaza de la Iglesia  a la parroquia.

    El orden de la procesión fue como sigue:

Abren marcha cuatro Guardias Civiles a caballo, detrás la Santa Cruz, Guiones y Estandartes, le sigue el magnífico paso de San Juan Bautista (nuevo), Banda de música, Estandartes, notable y lujoso paso, también nuevo, de la Dolorosa. Esta preciosa imagen va colocada sobre un magnífico dosel de terciopelo con flecos de oro. La Cruz y Clero Parroquial acompañando a la Urna del Señor –notabilísima obra artística que llamó poderosamente la atención-. Dentro de la misma el Sagrado Cuerpo de Cristo, notable escultura de verdadero mérito. Delante de la Urna La Mujer Verónica y La Fé. Siguen el Ayuntamiento y señores invitados. Otra banda de música, Piquete de la fuerza de la guarnición militar.

    En la procesión del Santo Entierro estrenaron elegantes gorras los músicos que componen la banda de la Villa.

    Una ojeada a la lista se suscripción es suficiente para ayudarnos a comprender el clima propicio en la que se desarrolló la empresa con tal éxito final. El mayor aporte, que encabezaba la lista, fue el Ayuntamiento, con 250 pesetas –en aquellos tiempos era un capital- y la más humilde, mejor dicho, las más humildes, fueron dos mujeres, o dos niñas, con diez céntimos cada una. Se recaudaron 1744’65 pts. Cantidad que resultó más que suficiente para cumplir el cometido, y, ¡milagro de los milagros! Aún sobró dinero para ayudar a adquirir la Custodia del Corpus Christi que también se estrenó en junio de aquel año.

    Ya solo me resta agregar que aquel mes de marzo fue muy lluvioso, apenas escampó en todo el mes. Las calles estaban convertidas en ríos, las huertas en lagos; se perdieron todos los productos hortícolas y la ciudad mostraba el panorama de una extensión inundada, con numerosos charcos, lagunas y regatos. La gente transitaba con impermeables y paraguas. El Viernes Santo, 31 de marzo, llovió con tantas ganas que parecía que no había llovido nunca y todo el mundo se quejaba de la mala suerte, en todas partes caras tristes, desaliento y mirar de reojo al cielo con la blasfemia a flor de labios.

    Sin embargo, a las cinco en punto, una hora antes de la salida de la procesión cesó de llover, apareció el sol por entre las nubes y brilló un rayo de esperanza.

    El Alcalde ordenó a los barrenderos que de la forma que pudiesen desaguar las calles del itinerario. Tarea a la que se sumó de buen grado el vecindario. Cientos de escobas empujaron el agua hacia el Espigón. A la hora y en la forma prevista comenzó el desfile procesional, sin más contratiempo que una rectificación sin importancia en el recorrido eludiendo al regreso la calle de San Pablo, continuando por la de Teatro para entrar en la calle Real camino de la parroquia.

A titulo de curiosidad transcribo la lista de suscripción popular para sufragar los gastos que ocasionó la organización de las procesiones de la Semana Santa de 1893.
















miércoles, 30 de enero de 2013

Don Juan Tenorio. Comentario por Enrique Gómez de la Mata

Capítulo 18




DON JUAN TENORIO

    Tan honda impresión causó en si la función de anoche, que en este momento acabo de tomar un purgante.

    Al comenzar a escribir pudiera exclamar parodiando a Doña Inés:

                            ¿Ay, se me abraza la mano
                             Con que la pluma he cogido!

    Solamente habiendo visto hacer el TENORIO al inolvidable Rafael Calvo, pudieran hacerse comparaciones, aunque estas resultan siempre odiosas. Yo de mi sé decir que Calvo con ser Calvo no logró hacerse salir enfermo del teatro a la mitad de la función; y en cambio anoche al finalizar el acto cuarto tuve que retirarme a casa con un ataque de nervios grandísimo.

    Fueron muchas las impresiones.

    Primeramente, para evitar las consiguientes molestias al público dejaron para mejor ocasión la escena segunda del primer acto que dice:

                           _ Christófano, vieni quá.
                           _ ¿Excellenza!
                           _ Senti
                           _ Sento.

Etc.

    ¿Y es lástima, porque el hostelero debería haber hablado siempre en italiano! Precisamente para eso, para que nadie le entendiera.

    Por más que luego Butarelli dijo muy formal al Capitán Rayos, digo, Centellas, que el forastero (Don Juan) le había hablado en italiano, cosa que no fue verdad. Es decir, como no se lo hablara al oído para que nosotros no lo oyéramos… Pero, en fin, esto es pecata minuta, como dice un caballero amigo mío.

    Los que aseguran que los brios de Don Juan van decayendo están en un error grandísimo. Si hubieran visto anoche la función ya se convencerían. Hasta ahora, en el momento aquel en que Don Juan, deseando conocer al enmascarado que le emplazaba ante Dios, fuera de sí se lanzaba sobre él. 

Todo se reducía a arrancarle el antifaz de un manotazo; pues bien, anoche no solo le arrancó el antifaz, sino que al par de éste se llevó la barba y el bigote de Don Diego.

    El efecto que esto produjo en el respetable público excuso decir a ustedes que fue arrebatador. Tanto es así, que creo que algunos van a escribir a Zorrilla pidiéndole que en vez de los versos en que exclama Don Diego:

                          ¿Villano!
                          ¡Me has puesto en la faz la mano!

Y contesta Don Juan:

                          ¡Válgame Cristo, mi padre!

Ponga estos otros:

 Don Diego.      ¡Bribón!
                         ¡Me afeitaste sin jabón!
Don Juan.        ¡Afeité en seco a mi padre!
Don Diego.       ¡Mientes, no lo fui jamás!
                          Los que afeitan como tú
                          Son hijos de Belcebú.

    También merecen citarse en la cuestión de indumentaria un magnífico sable de Guardia Municipal que sacó Don Luis Mejías y unos calcetines encarnados naturales que lucía Ciutti.

    Doña Inés muy guapa y trabajó con bastante naturalidad. Lástima que en el tercer acto apareciese puesta en capilla como un condenado a muerte. No exagero. Aquella mesa cubierta de paños negros con el crucifijo y las dos velas, y aquel cuarto tan pobre y sucio, se parecía otra cosa. Y ya diges lástima, porque Doña Inés era muy guapa y además no trabajó mal, de modo que por qué tratarla de ese modo. Así se comprende que la infeliz se dejara robar.

    Avellanada como buen sevillano salió peinado a lo flamenco, con unos tufos que  ¡Hasta allí!

    En el acto de la quinta viose Don Juan muy comprometido, pues la pólvora de la pistola estaba mojada con las lluvias de estos días y faltó el tiro, viéndose obligado a matar al Comendador de una estocada a volapié superior.

    A Don Luis lo mató de una buena recibiendo, y depués de haber llamado al cielo sin que éste le hiciera caso, y haber envainado la espada de luto, en vez de arrojarse por el balcón, se marchó muy tranquilo por una puerta lateral, con la mayor frescura.

    ¡Claro, para eso era Don Juan Tenorio! Y, además, estaba en su casa.

    Y vamos al quinto acto. El cementerio. El Comendador y Don Luis en calzoncillos blancos, y los rostros llenos de harina, como boquerones que se van a freír.

    La estatua de Doña Inés, que más que estatua de una mujer parecía un borrego merino.

    Un farol muy feo. Un manojo de llaves mohosas y el Escultor.

    Más tarde, Tenorio vestido de luto, luciendo, para mayor escarnio de sus victimas, los calzones negros que había sacado en tiempos su suegro, o sea el Comendador.

    Y después del delirio de Don Juan, ya no pude resistir más tan continuadas emociones, y me lancé a la calle como un loco, a buscar a Doña Ana de Pantoja, o a Lucia, o a Don Diego a ver si le había crecido la barba…

    Esta mañana he sabido, al encontrarme en mi cama, que un guardia municipal me había traído a mi casa esta madrugada, pues me encontró en mitad de la calle llamando a gritos a Doña Inés.

                                          Enrique Gómez de la Mata. 2 de noviembre de 1892.

NOTA. Para mayor seguridad de los actores, la Autoridad envió al Teatro fuerzas de Orden Público, Municipal y Guardia Civil.

    De otro modo ¡ni lo de Bosch en Madrid!








martes, 29 de enero de 2013

Artículo taurino -Esbozo literario- por José Román 06-09-1892

Capítulo 17



ESBOZO

A  mi querido amigo Enrique Gómez de la Mata.

    Por entre los nubarrones de polvo que levantan las ligeras carreteras, los caballos al galope y la multitud impaciente que se dirige a la Plaza, va el coche de los toreros seguidos por un centenar de chicos que vocean más que los mayorales y que se pierden entre el torbellino de carruajes que pretendiendo adelantarse unos a otros, van todos al Circo.

    Allá se le ve a lo lejos. Las banderas colocadas en los altos aleros de sus tejados flotan al aire y de vez en cuando se sacuden violentamente agitadas por una racha de viento, como si quisieran desasirse del paso del sol, aquel sol agresivo de los trópicos, que gravita sobre ellas como voluminoso fardo de plomo.

    Las puertas del edificio se abren de par en par, rechinando sobre sus goznes. Una oleada de gente quiere precipitarse tras los lidiadores, que ágiles saltan del estribo y con los vistosos capotillos al hombro penetran en el amplio portal, que se cierra tras ellos con sonoro estrépito.

    Allí hay apretones de manos, bienvenidas, halagos y chistes a granel entre toreros y conocidos. En aquellos grupos no se presiente la lucha, porque la alegría extiende sus alas sobre ellos. Un torero de tez morena, continente airoso y con el sello de la valentía impreso en el rostro, se acerca despacio a la puerta de salida al Circo. Los rayos del sol, que brillan con enérgica intensidad en el espacio, se reflejan centenares de veces sobre los recamados adornos de su traje.

    En la Plaza, sobre los tendidos y palcos hay un verdadero oleaje de cabezas humanas que hormiguean sin tregua, y una exclamación unánime de alegría acoge al espada al presentarse en la puerta.

    ¡Ya están ahí! Se oye gritar en toda la plaza, desde las gradas a las barreras, y desde aquel momento todas las miradas se dirigen a aquel punto. Varios toreros más, se acercan a la puerta, entornados los ojos y puesta la mano sobre ellos para evitar el abrazador contacto del sol.

    Los abanicos se mueven con vertiginoso aleteo. En la masa humana se nota un movimiento general hacia un lado. El Presidente, sombrero en mano, saluda al público y la ancha puerta de toreros se abre de par en par.

    La música empieza a tocar de pronto. Diez mil voces que se confunden apagan casi los armoniosos sonidos de la banda. A la cabeza de las cuadrillas se colocan los espadas, terciando el vistoso capotillo. El Presidente hace la señal. Ya salen…

    Los picadores están colocados en sus sitios. El primer espada está a la izquierda de uno de ellos, en gallarda postura, echado al brazo el amplio capote de brega.

    En su tostado rostro, a pesar de que parece sonreír, se nota un ligero tinte de tristeza. No es nada… ¿Es quizás, la primera vez que va a luchar con una fiera?

    El vibrante toque del clarín anuncia al público que va a salir el primer toro. La lucha va a empezar. Los peones se afirman las cintas de las zapatillas, y los picadores se colocan bien en sus asientos y embrazan la pesada garrocha. Un silencio profundo reina en toda la plaza, cuando un hombre, aproximándose a la puerta del toril, observa por el agujero. Todas las miradas se dirigen a aquel sitio y se reconcentran en aquella persona. El pueblo calla… Diríase que es el silencio precursor de las grandes tempestades… la pesada puerta del toril gira con lentitud. Hay un momento de expectación suprema… El hombre, de pronto, rápido como la centella se oculta tras el portalón, y la fiera se presenta en la plaza.

    Diez mil almas a un mismo tiempo lanzan una exclamación de asombro. La pujante bestia, temblorosa las carnes, alta la potente cabeza, cubierta de rizos y con terribles y acerados cuernos, está asombrada, no sabe a donde ir.

    Sí, ha visto un hombre, un hombre que le flamea un trapo rojo y allá va aquella masa de carne, envuelta en un remolino de polvo en busca del osado que la provoca. En la plaza se escucha un grito de espanto. La fiera ha llegado a casi tocar en su carrera al hombre que ágil como ciervo perseguido ha saltado las tablas. El burlado bruto al verse solo da un terrible hachazo a la valla, cuyo maderamen tiembla y cruje como si se quejara…

    Un hombre a caballo se acerca. La fiera se reconcentra como león que va a saltar y de pronto se lanza sobre el grupo. Sus cuernos se hunden hasta el pelo en los pechos del indefenso caballo, que levantando por el tremendo empuje cae con el jinete.

    Otro nuevo grito se escucha en la multitud, El toro, sediento de lucha, ensangrentada la potente cabeza, ha saltado por encima de la victima y se revuelve en busca del jinete…

    Un trapo rojo manejado por hábil mano se interpone de pronto entre el cuerpo del picador caído en tierra boca abajo, y los cuernos. Por entre los pliegues de aquel capote pasa zumbando la cabeza del animal, que engreído con el engaño sale a los tercios de la plaza, donde el espada, después de un gracioso recorte, se queda ante él, quitada la montera y en varonil postura.

    La multitud se pone en pié. Una tormenta de aplausos estalla en los ámbitos del circo. Aquella muchedumbre, como un solo hombre, aplaude frenéticamente…

    Y, por encima de todos aquellos aplausos, allá, muy lejos de la plaza, adivina por un momento el valeroso espada una carita humilde, una débil luz que apenas ilumina la imagen de un Cristo, unas mujeres de rodillas ante la imagen, y una santa oración que borbotea en sus labios.

                                                         José Roman. 6 de septiembre de 1892.